Valpo, la perla del Pacifico

Publié le par Nathan Jaccard

 

'Tal vez la única ciudad bonita de Chile' me escribe Olivia, corresponsal local. Valparaíso, legendario puerto a la orilla del océano gris, ultimo hogar de Neruda, corazón del capitalismo chileno plagado de proletarios, gloria y decadencia, la Perla del Pacifico.

 

Valpo, en chileno, se extiende por la costa como una mancha de pintura multicolor, cubriendo los encorvados cerros que dominan la ciudad. La zona baja, el Plan, concentra administraciones, centros de negocios, comercios y puteaderos. Edificios de piedra gris de principios de siglo 20 se alzan sobre ajetreadas calles repletas de ruidosos marinos en inmaculado uniforme blanco. Viejos trolleys verdes de los cincuenta serpentean con paciencia entre la pesada arquitectura neo-clásica, art déco que albergaba oficinas de algún conglomerado de exportación de guano, compañía anglo-chilena de navegación o empresa de exploración patagónica. Plazoletas italianas, majestuosos teatros Odeón abandonados y enormes parques con su monumental fuente seca marcan el esplendor perdido del puerto. Antes del canal de Panamá, Valpo era la escala obligatoria, con los mejores burdeles, los hoteles más lujosos de todo el Pacifico sur americano.

 

Acercándose al puerto, enormes bodegas de hierro y madera  podrida aplastan un manojo de barsuchos donde marineros de cara tosca y tatuaje prominente  hunden su melancolía en un último trago de pisco. Puro. En las dársenas, monstruosas grúas cargan con precisión buques chinos, alemanes, panameños. A lo lejos, la escuadra de la Marina de Guerra espera en estricta rutina que los peruanos tomen su revancha para, al fin, poder flexionar sus músculos de acero.

 

Calle arriba, sobre las colinas, se extienden los barrios residenciales, zonas populosas marcadas del sello obrero. Cientos de casitas de lata colorada se desparraman sobre las lomas. Empinadas escaleras se escurren como lagartos por los zaguanes, el calvario diario de los locales. Cansados ascensores de 1900 relevan las encalambradas piernas, cubos de corroído acero amarillo patentados en la UNESCO. En la cima, las casuchas parecen colgar del monte, asomándose a la bahía, peleándose la mejor vista. Cada colina (hay como doce) es un pueblito bucólico, aislada torre en technicolor, con su parroquia, su placita perezosa y la inevitable cancha de micro.

 

Valpo huele a mar, huele a billete y a sudor. Creativa, recursiva, vibrante y bohemia, la Olivia tiene razón. 

 

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